jueves, 15 de octubre de 2015

Como el cigarrillo

Seis meses habían pasado, seis meses en los que procuró mantener su mente ocupada en cosas diferentes, trató de evitarlo, de escapar de esa pequeña adicción que la acompañaba en los días fríos, solitarios, en los que solo quería caminar y ver el mundo con otros ojos... Días en los que solo quería mirar al piso y evitar los ojos de aquellos que caminaban en dirección contraria.
Sabía que era la compañía perfecta para ir por un café, que sin necesidad de decir una sola palabra, con solo sentir su olor se sentía bien.
Seis meses ya, no podía creerlo, pero si, seis meses habían pasado desde que se había permitido sentir algo diferente a la soledad que la acompañaba desde siempre.
Seis meses en los que había dejado atrás su pequeña adicción, su pequeña musa blanca, silenciosa, esa pequeña cosa blanca que le robaba el aire e inundaba su alma con ese aroma particular, que muy pocos sabían admirar, apreciar y con el que ella se sentía satisfecha. Amaba sentir ese olor en su piel, sentirlo en sus manos (sentía que así podría llevarlo con ella un poco más de tiempo), amaba sentir aquella sensación en sus labios cuando lo tenía cerca, ese deseo de tenerlo siempre con ella, pero de saber que no es posible, que es algo reservado para ciertos momentos, esa impotencia de verlo y no poder acercarse y ser egoísta por un instante.
Ese vicio, ese maldito vicio del que trató de huir por tanto tiempo, ese vicio que le llenaba el pecho de algo diferente a la tristeza, del cual -por lo visto- no podría escapar por mucho, nuevamente la envolvía entre su humo, la enredaba con su movimiento en el aire, le llenaba el pecho con ese olor que tanto amaba.
Ella sabía que así era mejor la vida, dejar que el cigarrillo se consuma a su ritmo, disfrutarlo y sentirlo mientras era permitido, sabía que era tan efímero como el humo que producía, pero que (por un breve momento) la acompañaba con su olor, le devolvía el calor a sus manos, que con un beso podía robarle el aire de sus pulmones y regresarle la vida. Era efímero, si, pero también era libre, era intangible, era tantas cosas que ella necesitaba en ese momento, que cada vez que lo sentía entre sus manos, en su boca, se deleitaba con las sensaciones que le producía.
Y mirando sus ojos, ese "micromundo" que describía con su mirada, que escribía con cada sonrisa, cada minuto a su lado era como leer mil libros -de esos que tienen las hojas amarillas y huelen a historia-, mirando esos ojos entendió que podía seguir con su vicio mientras se convertía en cenizas y que podía llenar sus pulmones de aquel humo, exhalarlo y dejarlo libre con el viento que corre a su alrededor... 

sábado, 10 de octubre de 2015

Sábado...

Su mañana había comenzado muy muy temprano, tanto así que sentía las secuelas del día interior. Abrió sus ojos y se sentó en su cama, rodeada por las cobijas con las que intentaba darle un poco de calor a su cuerpo y con eso, que la ayudaran a soñar...
Miró la hora, nuevamente se había despertado antes de lo planeado -le había ganado de nuevo al reloj-, suspiró, trató de incorporarse pero el peso de sus hombros y la presión en su pecho no se lo permitieron. Miró a su alrededor, vio esa pila de papeles, los esferos de colores regados por el suelo, el libro que había leído hace poco todavía se encontraba en el borde de la mesita de noche... Sentía su cabeza vacía, recordaba todo pero no sabía nada, no sabía de dónde provenía la luz que se filtraba por las cortinas, no sabía cómo ponerse en pie, no sabía como respirar para llenar su pecho y quitarse de encima esa presión. No sabía, realmente no sabía nada...
La alarma sonó estrepitosamente y la hizo salir de su letargo, miró sus pies y vio que le faltaba uno de sus calcetines azules, se quitó el otro y se puso de pie y caminó descalza, dio cinco o seis pasos y se puso sus pantuflas azules, subió las escaleras y sin decir nada, miró a su madre, quien automáticamente le sirvió una pequeña taza de café negro, caliente, cargado y amargo. Su madre la conocía bien y sabía que sentir un trago de café le ayudaría a despertar y a estar un poco más cerca de la realidad de la que quería escapar.
Actuó sistemáticamente, tomó un baño, desayuno, se lavó los dientes, fue a su cuarto y eligió la ropa que usaría ese día, se maquillo un poco buscando ocultar las ojeras y lo que ellas representaban, se aplicó un labial fucsia que le diera un poco de color a su rostro pálido, acomodó su cabello, agarró su bolso y salió a tomar el bus que la llevaría a su trabajo.
Caminó algunas calles, daba pasos al compás de la canción que escuchaba, sentía que el ritmo del mundo variaba con cada una de sus canciones, tomó el bus (aquel colectivo martillo, pequeño y viejo que con cada salto parecía que se iba a romper en mil pedazos), se sentó al lado de un hombre elegante, de traje gris y audífonos enormes, intentaba mirar por la ventana, pero el gran maletín de ese hombre se lo impedía. Se cambió de lugar y por fin pudo mirar por la ventana, sentir el aire frío de la mañana sobre su rostro, podía ver a la gente caminar con un estilo propio, veía edificios cerrados, calles sucias, paredes coloridas y llenas de graffitis, no vio animales, ni perros, ni gatos ni palomas (lo cual era muy extraño), siguió con el mimo recorrido de todos los días, era tan monótono, tan agotador, y a veces tan doloroso.
Pasaba por aquellos lugares que llenaban su cabeza de recuerdos inútiles, de conversaciones vacías, de manos frías, de abazos fugaces y de personas pasajeras. Ya estaba acostumbrada a desgastar su mente en recuerdos dolorosos que sentía que ya nada podría lastimarla. No de la misma manera, no en el mismo lugar, no otra vez, no podrían romper algo que no se pudo reparar más.
Aprendió que ser impulsiva implicaba un precio que ella ya no podía pagar, entendía que querer a alguien siempre terminaba mal, pero que era inevitable... Su vida era una cadena interminable de palabras susurradas al viento, de latidos desperdiciados, de ilusiones rotas, de relaciones sin futuro (pero siempre con un pasado que dañába el presente)...
Suspiró y miró sus manos, estaban blancas así que las froto para calentarlas, volvió a mirar por la ventana y ya no pensaba en nada, solo cantaba lo que escuchaba, tarareaba las canciones, movía sus pies tratando de llevar el ritmo...
Sintió como un cuerpo se sentaba junto a ella, acomodo su falda y miró a aquel hombre de reojo, era evidente que no era de su país, que se encontraba de viaje y a juzgar por el libro que leía, estaba aprendiendo español y le interesaba la poesía. Subrayaba con su pequeño lápiz verde las palabras que no comprendía. Ella lo miraba detenidamente, mientras él iba concentrado en el libro, de vez en cuando ella leía una o dos líneas del libro y se detenía en los dedos de aquel hombre.
Por fin había llegado al centro de la ciudad, aquel lugar mágico para algunos, odiado para otros, desconocido para aquellos que temen salir de su casa.
El centro, el maldito centro, la vio crecer, la mantuvo cautiva desde los 11 años, le había enseñado algo que jamás logró interiorizar (Ser desconfiada), miraba el cielo, miraba el piso, y caminaba lentamente, era temprano. Nuevamente le había ganado al reloj, miraba de nuevo el paisaje que conocía de memoria, buscando algo nuevo. Llegó al parque frente a su trabajo, vio la misma basura, el mismo caos, a los mismos ancianos sentados, trabajando y a las mismas personas pidiendo dinero.
Miró los edificios que la rodeaban, suspiró. Compró un cigarrillo ( el primero en meses), y entendió que era mejor dejarlo ir como si fuera humo de aquel cigarrillo, antes que todo se derrumbara como las cenizas que trataba de limpiar...