sábado, 10 de octubre de 2015

Sábado...

Su mañana había comenzado muy muy temprano, tanto así que sentía las secuelas del día interior. Abrió sus ojos y se sentó en su cama, rodeada por las cobijas con las que intentaba darle un poco de calor a su cuerpo y con eso, que la ayudaran a soñar...
Miró la hora, nuevamente se había despertado antes de lo planeado -le había ganado de nuevo al reloj-, suspiró, trató de incorporarse pero el peso de sus hombros y la presión en su pecho no se lo permitieron. Miró a su alrededor, vio esa pila de papeles, los esferos de colores regados por el suelo, el libro que había leído hace poco todavía se encontraba en el borde de la mesita de noche... Sentía su cabeza vacía, recordaba todo pero no sabía nada, no sabía de dónde provenía la luz que se filtraba por las cortinas, no sabía cómo ponerse en pie, no sabía como respirar para llenar su pecho y quitarse de encima esa presión. No sabía, realmente no sabía nada...
La alarma sonó estrepitosamente y la hizo salir de su letargo, miró sus pies y vio que le faltaba uno de sus calcetines azules, se quitó el otro y se puso de pie y caminó descalza, dio cinco o seis pasos y se puso sus pantuflas azules, subió las escaleras y sin decir nada, miró a su madre, quien automáticamente le sirvió una pequeña taza de café negro, caliente, cargado y amargo. Su madre la conocía bien y sabía que sentir un trago de café le ayudaría a despertar y a estar un poco más cerca de la realidad de la que quería escapar.
Actuó sistemáticamente, tomó un baño, desayuno, se lavó los dientes, fue a su cuarto y eligió la ropa que usaría ese día, se maquillo un poco buscando ocultar las ojeras y lo que ellas representaban, se aplicó un labial fucsia que le diera un poco de color a su rostro pálido, acomodó su cabello, agarró su bolso y salió a tomar el bus que la llevaría a su trabajo.
Caminó algunas calles, daba pasos al compás de la canción que escuchaba, sentía que el ritmo del mundo variaba con cada una de sus canciones, tomó el bus (aquel colectivo martillo, pequeño y viejo que con cada salto parecía que se iba a romper en mil pedazos), se sentó al lado de un hombre elegante, de traje gris y audífonos enormes, intentaba mirar por la ventana, pero el gran maletín de ese hombre se lo impedía. Se cambió de lugar y por fin pudo mirar por la ventana, sentir el aire frío de la mañana sobre su rostro, podía ver a la gente caminar con un estilo propio, veía edificios cerrados, calles sucias, paredes coloridas y llenas de graffitis, no vio animales, ni perros, ni gatos ni palomas (lo cual era muy extraño), siguió con el mimo recorrido de todos los días, era tan monótono, tan agotador, y a veces tan doloroso.
Pasaba por aquellos lugares que llenaban su cabeza de recuerdos inútiles, de conversaciones vacías, de manos frías, de abazos fugaces y de personas pasajeras. Ya estaba acostumbrada a desgastar su mente en recuerdos dolorosos que sentía que ya nada podría lastimarla. No de la misma manera, no en el mismo lugar, no otra vez, no podrían romper algo que no se pudo reparar más.
Aprendió que ser impulsiva implicaba un precio que ella ya no podía pagar, entendía que querer a alguien siempre terminaba mal, pero que era inevitable... Su vida era una cadena interminable de palabras susurradas al viento, de latidos desperdiciados, de ilusiones rotas, de relaciones sin futuro (pero siempre con un pasado que dañába el presente)...
Suspiró y miró sus manos, estaban blancas así que las froto para calentarlas, volvió a mirar por la ventana y ya no pensaba en nada, solo cantaba lo que escuchaba, tarareaba las canciones, movía sus pies tratando de llevar el ritmo...
Sintió como un cuerpo se sentaba junto a ella, acomodo su falda y miró a aquel hombre de reojo, era evidente que no era de su país, que se encontraba de viaje y a juzgar por el libro que leía, estaba aprendiendo español y le interesaba la poesía. Subrayaba con su pequeño lápiz verde las palabras que no comprendía. Ella lo miraba detenidamente, mientras él iba concentrado en el libro, de vez en cuando ella leía una o dos líneas del libro y se detenía en los dedos de aquel hombre.
Por fin había llegado al centro de la ciudad, aquel lugar mágico para algunos, odiado para otros, desconocido para aquellos que temen salir de su casa.
El centro, el maldito centro, la vio crecer, la mantuvo cautiva desde los 11 años, le había enseñado algo que jamás logró interiorizar (Ser desconfiada), miraba el cielo, miraba el piso, y caminaba lentamente, era temprano. Nuevamente le había ganado al reloj, miraba de nuevo el paisaje que conocía de memoria, buscando algo nuevo. Llegó al parque frente a su trabajo, vio la misma basura, el mismo caos, a los mismos ancianos sentados, trabajando y a las mismas personas pidiendo dinero.
Miró los edificios que la rodeaban, suspiró. Compró un cigarrillo ( el primero en meses), y entendió que era mejor dejarlo ir como si fuera humo de aquel cigarrillo, antes que todo se derrumbara como las cenizas que trataba de limpiar...

No hay comentarios:

Publicar un comentario