Parecía ser una noche como
cualquier otra: tranquila, monótona, con el cielo despejado, donde lo único que
se podía observar era la luz que salía del poste al final de la calle, donde el
mundo se movía al compás del silencio -rara vez interrumpido por el maullido de
los gatos- esa noche fue diferente, el atardecer llegó antes de lo usual y
demoró exactamente dos segundos, fue tan fugaz que los gatos se confundieron y,
esa noche, no se atrevieron a pronunciar ruido alguno. Esa noche, el cielo
estaba tan azul que todo se iluminaba, hasta la luz del poste se vio opacada
por el brillo de las estrellas. Esa noche de estrellas azules, el día tardó dos
segundos más, fueron dos segundos que para los soñadores parecieron horas, y
fue allí cuando una pequeña niña de ojos grises se atrevió a mirar por la
ventana, sintió la necesidad de abrirla, de sentir la brisa sobre su rostro, y
en esos dos segundos frente a su ventana, la vida por fin tuvo significado, un
significado que ella no buscaba, pero ahora parece que lo necesitaba, cerró los
ojos, respiró lenta y profundamente. Sintió como sus manos se dormían, intentó
mover los dedos: "1, 2,3", nuevamente "1, 2,3", respiró e
intentó por última vez "1,2”. Sintió miedo de abrir los ojos así que
respiró "1", abrió su ojo izquierdo vio que todo seguía normal,
"2", abrió el derecho y todo estaba más azul, más brillante, más
ligero, respiró y el aire frio entró presurosamente en ese pequeño cuerpo.
Intentó hablar, pero el frío y la
tranquilidad que invadía su cuerpo se lo impidieron, así que siguió mirando.
Dos segundos bastaron para que ella entendiera todo, para que sintiera la
necesidad de saltar y ser libre. De repente, vio una silueta negra, tan negra
como la noche que resaltaba en ese cielo tan azul y estrellado, no dijo nada,
no pensó en nada, simplemente saltó. Saltó desde el quinto piso del edificio,
sintió el aire contra su rostro, respiraba "1, 2,3" y por fin sintió
sus manos, abrió los ojos y se dio cuenta que estaba sobre el tejado del edificio
de al lado, no le había pasado nada, vio esa silueta negra y corrió tras ella.
Dos segundos bastaron para alcanzarla, y ya cuando estaban frente a frente, dos
segundos fueron suficientes para que ella se perdiera en esos ojos cafés. Era
su primer amor y sabía que sería el último.
Rápidamente, él se escabulló
entre los tejados, paraba a buscarla, la esperaba y la guiaba. Siguieron así
hasta el amanecer, un amanecer tan naranja que el cielo parecía cubierto por
una capa de caramelo, el aire empezó a correr lentamente, llenó sus pulmones
con una tranquilidad absoluta y un calor intenso. Respiró "1, 2,3”, vio su
reflejo en la ventana y descubrió que ahora era un gato, un gato tan azul como
esa noche y que parecía estar hecho para combinarse con el naranja de la
silueta que la acompaña y la acompañará por más noches estrelladas.
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