Era una extraña sensación la que recorría su
cuerpo, era como si cien orugas recorrieran cada parte como si siguieran el
camino que trazaban las venas y que las llevaban hacia su corazón; sintió un
golpe seco que le quitó el aire por un instante y luego sintió cómo una de esas
orugas dejaba su viejo cuerpo y desplegaba unas alas coloridas, y cada vez que
la mariposa movía sus alas, ella sentía los latidos de su corazón.
¡Estaba viva! Por primera vez en mucho tiempo
supo que lo estaba, sentía las orugas caminar, sentía la mariposa aletear,
sentía el aire en sus pulmones, sentía que ya no estaba aletargada, que era
capaz de controlar su vida según su voluntad, alejada de las sombras que tanto
tiempo la mantuvieron presa, fría e inerte.
Allí, sentada nuevamente con sus pies en el
aire, decidió levantar la mirada y posarla sobre un árbol enorme, apacible y
firme que la protegía del sol, de la lluvia y de cualquier cosa que pudiera
lastimarla, además, era el encargado de darle el aire que ella necesitaba para vivir,
y de tener los capullos de las orugas que la hicieron despertar; Ese enorme
árbol, siempre inmóvil, siempre firme para ella, que la protegía con sus ramas,
aquél árbol, que ella cuidaba y amaba, (como amaba sentir el agua en sus pies,
el viento en su cabello, las orugas en su pecho), se convirtió en su razón de
ser, de existir. El aire que le daba, era lo que necesitaba la pequeña mariposa
en su pecho para seguir volando.
Sentía esa mariposa latir tan fuerte dentro
de su pecho, que olvidó que no podía volar, pensó que estando allí, sentada en
aquel árbol, nada le pasaría, decidió abrazar por última vez al árbol, respiró
y saltó… Y así de efímera, como lo es la vida de una mariposa, sus alas se
cerraron, las hojas del árbol se marchitaron y empezaron a caer y ella,
solitaria y dolorida regresó a la piedra donde se sentaba antes de conocer al
árbol, y con las pocas fuerzas que le quedaban mató una a una las orugas, le arrancó las alas a la mariposa y volvió a
ser fría como siempre…
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