“Sigo sin saber por qué todo el mundo parece
conformarse con las mierdas que le da la vida, sigo sin entender la extraña
adicción de muchos por el sufrimiento, no entiendo por qué hay personas que
deciden vivir ocultos tras una serie de mentiras, ¿no son capaces de
reconocerse, de amarse?” era lo único que pasaba por su mente mientras se
encontraba sentada en aquella banqueta del parque, solitaria, cruda, humana, se
sentía fría y desolada, sentía que lo único que podía reconfortarla era esa
colilla de cigarrillo que se negaba a botar tal vez porque el pequeño hilo de
humo que salía de su interior le daba un poco de esperanza.
Miró su reloj, e inmediatamente el ritmo de
su corazón entró en sincronía con el tic tac de las manecillas, lo sentía latir
justo en el medio de su pecho y su garganta, no era la primera vez que le
sucedía así que no se asustó porque sabía que no podía ser otra cosa que su
alma tratando de escapar de nuevo.
A medida que el ritmo descendía y dejaba en
un segundo plano al reloj, ella sintió la necesidad de fumar esa colilla pero
ya era tarde, ese pequeño hilo se había esfumado entre sus dedos, dejándola de
nuevo sola y fría en aquella banqueta del parque.
Bajó la mirada y se concentró un rato en sus
zapatos, realmente amaba esos zapatos, los amaba porque así tenía el alma:
sucia, arrugada, maltratada pero recorrida. Sus zapatos la habían llevado por
un sinfín de lugares en la ciudad y en su mente, recordó los charcos que había
pisado, las flores que había destruido a su paso toda la mierda que la vida le había puesto en
el camino. Levantó los pies del piso y empezó a moverlos de un lado a otro,
como si tratara de impulsarse y salir volando, y así fue: se impulsaba y se
movía al mismo ritmo que los latidos de su corazón hasta que ya no sintió nada
más.
“¡Mierda, el alma se ha ido volando!”,
exclamó, y cuando decidió levantar la mirada se dio cuenta que a su lado se
encontraba un anciano, que la observaba con esa mirada muerta que solo las
personas solitarias tienen y que ella se rehusaba a tener, empezó a mirar el
rostro de ese viejo, con mucha atención: tenía tres pelos saliéndole de las
orejas, los dientes amarillos y no tenía esa arruga característica de las
sonrisas, así que pensó que ese viejo era su alma. Sonrió como una imbécil al
ver que ese anciano le daba un cigarrillo encendido, y le devolvió la esperanza
que se había esfumado. No dijo nada, recibió el cigarrillo y lo fumó
lentamente, porque sabía que al terminarlo no habría anciano, no habría alma,
no tendría vida.
Tomó un esfero y escribió en aquella
banqueta: “Aquí dejó mi alma, sucia y ultrajada, no puedo llevarla conmigo
porque yo no existo, no soy más que las alucinaciones de un viejo moribundo,
envenenado con tanta porquería pero con miedo de morir”.
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